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Actualidad
Martes 28 Julio 11:12
Cruje el miniplan electoral de Kicillof
Hay dos piezas clave en apuros: la batalla contra el dólar y la plata para sostener el gasto estatal en las alturas. El Gobierno debe pagar no menos de US$ 6.000 millones el 3 de octubre. Y casi seguro deberá usar reservas escasas.
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Aníbal Fernández sostiene que el mercado paralelo es “un mercado chico, insignificante e ilegal”. Y Axel Kicillof, que es “irrelevante y mueve menos que la Quiniela”.

Nada muy diferente al discurso recurrente o, mejor dicho, al discurso que brota apenas el blue vuelve a tomar vuelo.

Redonda, la definición de un analista dice: “Aníbal tiene razón en afirmar que el paralelo es un mercado chico. El problema es que se trata de un mercado chico con un precio grande”.

Algo pasó en estos mismos días que ni Fernández ni Kicillof comentaron: por culpa de ese mercadito y de un precio que no logra sacar de escena, el Gobierno resolvió subir las tasas de interés de los plazos fijos y se lo hizo anunciar al jefe del Banco Central, Alejandro Vanoli. Como si Vanoli tuviese autonomía para tomar una decisión así, una decisión que nunca habría salido antes de ser convalidadada por quienes ostentan un poder que lo supera largamente.

Aumentar las tasas resulta un giro a la ortodoxia contraindicado en los manuales del ministro de Economía, pero ya vale todo y, además, está por verse hasta dónde la medida servirá para aquietar las aguas: en principio, ayer reaparecieron los coletazos del paralelo.

Más de lo mismo, trascendidos también de estos días cuentan que el Gobierno le habría pedido a China una partida adicional de yuanes por el equivalente a US$ 1.000 millones, con el evidente propósito de mostrar un stock de reservas más sólido.

Estudios que cruzan informes del Central con datos del Fondo Monetario revelan que, a fines de junio, los yuanes convertidos en moneda de EE.UU. como si fuesen moneda de EE.UU. ascendían a US$ 7.300 millones. Y si el trascendido fuera verdad, la asistencia china ya rondaría 8.000 millones de dólares sobre un cupo total de 11.000 millones.

Claro que al momento de destinarlos a cubrir obligaciones de la deuda el país debería afrontar una tasa de interés del 7%, igual o cercana al 8% que, según dicen en el sector, está pagando por el financiamiento de obras para el Belgrano Cargas aunque es un crédito atado a la compra de materiales de origen chino. Todo bajo las reglas de Beijing: para los vagones rige el contado libre de polvo y paja. 

Habría que agregar a este panorama la perspectiva de que empiece a aflojar la liquidación de divisas del complejo sojero. Un detalle: en la semana del 20 al 24 de julio por ese canal entraron casi US$ 200 millones menos que los llamativos 749 millones de la semana previa.

Dos frases de Miguel Bein, el economista estrella de Daniel Scioli, pegan sobre el mismo flanco. La primera: “Rearmar la credibilidad en la moneda local como reserva de valor lleva años. Y la Argentina perdió una oportunidad, no menor en la última década, cuando el dólar se devaluaba en el mundo”.

Traducida, la definición plantea algo a la vista de cualquiera. Que el peso se ha desvalorizado tanto que hace rato dejó de convenir atesorar pesos: conviene refugiarse en una moneda de mayor valor, o sea, en el dólar. También, que así se haya perdido una gran oportunidad, urge “destrabar el crédito externo” para achicar el costo del financiamiento, acotar el dominio del fiscalismo y abastecer de divisas a la economía.

Según Bein, si la Argentina saliese hoy al mercado la tasa de interés que debería pagar por un crédito a diez años estaría “en la zona del 9,7%”, mayor incluso a la que el Gobierno aceptó en abril. Y destrabar el crédito externo implicaría, antes que nada, arreglar con los fondos buitre.

Segunda frase del asesor del candidato oficialista: “Hay que empezar a construir un ancla nominal que evite, en el futuro, el atraso cambiario como único instrumento antiinflacionario”. Esto significa tomar por un camino muy diferente al de estos años, para salir de la encerrona en la que esa elección metió al país.

Bein también afirma que el escenario de “no hacer nada” es inviable. Y aun cuando derrama elogios sobre otras decisiones del Gobierno, ya ha ya resuelto empezar a desmarcarse, tal cual le pidió Scioli.

En la estrecha hoja de ruta que Kicillof le dibujó a la economía de 2015 el foco está puesto sobre dos grandes ejes electorales. Uno consiste en mantener el dólar a raya y el otro, valerse de un festival de gasto público y de los aumentos salariales con la intención de levantar el consumo y crear cierta sensación de prosperidad.

Está claro que la batalla contra el dólar luce complicada, a pesar de la parva de bonos de la ANSeS jugados en el intento. Y también, que así sean exprimidas todas cajas disponibles, ha comenzado a faltar plata para seguir sosteniendo un crecimiento del gasto al 40% anual contra ingresos limpios de maquillajes que corren al 31%.

El caso es que las dos coordenadas chocan en el lugar menos propicio: muchos pesos detrás del objetivo de fogonear el consumo equivale a meter mucho donde ya hay mucho y a correr el riesgo de no apagar las presiones cambiarias. Números de la consultora Economía & Regiones cantan que en este segundo semestre el Banco

Central va a emitir $ 170.000 millones, 77% más que en el primero.

No representa ningún hallazgo afirmar que si el Central tuviese un buen stock de reservas su poder de fuego sobre el mercado sería sustancialmente mayor. Una cuenta simple arroja que en lo que va de julio salieron arriba de US$ 600 millones por la ventanilla de la AFIP. Y otra, que durante el primer semestre las ventas de dólar ahorro superaron en US$ 1.640 millones al superávit comercial, aún al saldo inflado por el INDEC.

Son algunas muestras del cuadro que habrá el 3 de octubre, a dos semanas de las elecciones, cuando el Gobierno deba encarar el pago de US$ 6.000 o US$ 6.700 millones, según fuentes diferentes, por el vencimiento del Boden 2015. 

En línea con las estimaciones de Bein, canjear los bonos por otros más largos o tomar deuda implicaría aceptar una tasa “en la zona del 9,7%”, quizás una de dos dígitos. O meter mano en las reservas, lo cual no es poco decir.

Es obvio que la hoja de ruta de Kicillof no contempla una devaluación mayor a las correcciones habituales. Y suena a bravata que Aníbal Fernández haya dicho que eso no ocurrirá porque el ministro “las tiene bien puestas”, aunque se supone que Kicillof ya las tenía “bien puestas” cuando acompañó el maxi ajuste de comienzos de 2014. No va a pasar, en realidad, porque se vendría abajo toda la estantería.

Fuente: Clarin.com

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